viernes, 21 de junio de 2013

Amar a Nuestros Padres

Había una vez un hombre cuyo padre era un anciano inválido. La esposa del hombre lo fastidiaba constantemente: “Estoy harta de ver a tu padre. Tendrás que elegir entre nosotros. Si prefieres al viejo, yo me iré”. El pobre esposo le pedía, implorando: “¿Qué debo hacer? Si yo no cuido a mi propio padre, ¿quién más lo hará?”

La mujer era inflexible. Después de pensar profundamente el asunto, el hombre decidió llevar a su padre a las montañas y dejarlo allí. Preparó la carreta, como si tuviera la intención de llevar de viaje a su pequeño hijo, luego le dijo a su padre: “Voy a ir a las montañas con el pequeño. ¿Por qué no vienes con nosotros? El aire te hará bien”.

Partieron los tres juntos a las montañas. Sin tener idea de lo que le aguardaba, el anciano charlaba con su nieto y compartía la alegría del viaje con él. Al final llegaron a un bosque solitario. El hombre extendió unas mantas en el suelo, acostó al padre, y puso algo de comida y agua a su lado. “Quédate acostado aquí, padre”, dijo, “mientras nosotros vamos a cortar un poco de leña”.

Sin darse cuenta de lo que le había sucedido, el pobre anciano abuelo quedó abandonado en el desconcierto.

Pero cuando pasaron varias horas sin que nadie viniera a buscarlo, captó la razón de por qué había sido abandonado. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero en vano. ¿Qué podía hacer un desdichado viejo?

Mientras tanto, su hijo y su nieto estaban regresando al pueblo, dejando que el viejo tuviera su encuentro final con el destino. “¿Por qué dejamos a mi Abuelo en ese lugar solitario?” preguntó el niño. “¿No vamos a volver a buscarlo?” El hombre respondió: “Se ha hecho viejo. Ahora lo vamos a dejar allí”. Esta respuesta no satisfizo al inocente niño. “¿Pero por qué?” preguntó, luego exclamó: “¡Quiero a mi Abuelo!” Su padre insistió: “Está demasiado viejo, te digo. . .Tiene que quedarse allí”.

Pero finalmente el niño lo hizo entrar en razón con estas palabras: “Muy bien, cuando yo sea grande, tú estarás viejo y enfermizo como mi Abuelo. Cuando llegue ese momento, ¿debo dejarte en las montañas como tú dejaste a mi Abuelo?”.

Dándose cuenta del gran pecado que había cometido, el hombre regresó llorando. Encontrando a su padre en donde lo había dejado, cayó a sus pies. El anciano acarició la cabeza de su hijo. Diciendo: “No llores, hijo. Yo no abandoné a mi padre en las montañas, de modo que por qué haría Dios que tú me abandones a mí aquí?”.

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